La Copa tiene sus códigos, tan estrictos que alteran cualquier reglamento. Si en la Liga impera la estrategia, la especulación, el cálculo; en la Copa prevalece la intensidad, el carácter, el corazón y ese asunto tan incalculable que es la fe. Y de ese segundo código, el Athletic se sabe todos los artículos. Porque gane o pierda, lleva el gen de la Copa en su ADN. Por eso el Athletic muere y resucita como un milagro permanente. Y en cada resurrección encontró un gol base de aprovechar los errores del rival y convertirlos en oro molido. Lo hizo Aduriz, cuando Iniesta perdió el balón (una rareza futbolística) y Aduriz lo guisó y lo comió, previa asadura de Raúl García. Y cuando el Barça por fin se dio cuenta de que la camiseta le identificaba (por rara que fuera) y empezó a explorar la banda derecha el Athletic, un boquete mayor que una estación soterrada, llegó el golazo de Williams, tras una sutileza de Aduriz de tacón. Aduriz fue cortesano, Williams, el gastador.
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