Temprano madrugó la madrugada, como la de Miguel Hernández, como la de las tardes escandinavas de invierno. Temprano arrimó el balón Koke al balcón intacto del área del Athletic y lo llevó a la red como un pez despistado, remolcado por un efecto endiablado. Eso que se llama centro chut, por llamarlo de algún modo, o porque es ambas cosas que suceden a la vez en la cabeza y en la bota del lanzador. Lo cierto es que el gol le daba al Atlético el partido soñado y al Athletic la peor de sus pesadillas. En tres minutos, se le había caído al Athletic el cielo gris de Bilbao, convertido en una placa de cinc que se derrumba y te pilla sin casco, sin boina. Se había cansado el Athletic de repetir que la clave estaba en que el Atlético no se adelantara en el marcador porque se cierran muy bien, porque defienden muy bien, porque son muy intensos, porque... Y a los tres minutos, el Atlético, el invencible en el nuevo San Mamés, había desarmado al Athletic con el leve mandoble de una navaja.
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