Estaba Zúrich de blanco. La nieve caída en las semanas anteriores cubría los laterales de las pistas de aterrizaje, los andenes de los trenes y se amontonaba en las aceras de las calles. Sin sol, con charcos, a la una de la tarde ya había luz de atardecer. Un poco más tarde llegó el Madrid, en un avión fletado por la FIFA. Los jugadores nominados esperaron el comienzo de la gala en el Kameha Grand Hotel, a un kilómetro de los estudios en los que la FIFA ha decidido montar este año la gala. Lejos del centro y muy cerca del aeropuerto, en un polígono industrial rodeado de grúas de color rojo.
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