Uno cree haberlo visto todo hasta que un miércoles cualquiera, aburrido de conquistar provincias chinas y forjar imperios con la Xbox, enciende la televisión y se encuentra con el Real Madrid aplastando a un equipo indeterminado que, juraría, se trataba del Sevilla pues lucía uniformes de la marca New Balance, actual proveedor oficial del equipo hispalense e icono puntual de la subcultura hípster. Y digo que creía haberlo visto todo porque, hasta ayer, los aficionados rivales nos llenábamos de razón pregonando que el equipo blanco nunca había jugado a nada, un enemigo común que casi siempre vencía pero jamás nos convencía, como el tirón de orejas de una madre o el novio motero de una hija.
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