En un clásico con frecuentes bostezos ambos equipos quedaron retratados: en Barcelona se ha declarado el estado de confusión, en Madrid, el del optimismo. Desde hace tiempo, el relato azulgrana no es el juego, su hilo conductor en sus grandes cumbres, sino que el equipo está supeditado al tiro al aire de sus tres delanteros. No es poco, vista la nómina de los susodichos, pero sin un orfeón alrededor son menos. Como síntesis, Messi con Argentina. El juego no tiene una rotunda definición en el Madrid, camaleónico como ha sido en los 33 partidos que lleva sin doblegarse. Así que se aferra a unos y otros, según sople la tarde, y en las grandes pasarelas, Sergio Ramos. Todo genuino.
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