Cuando James Rodríguez fichó por el Madrid en 2014 lucía varios tatuajes en los bíceps internos de sus brazos —y alguno suelto en el antebrazo, donde sobresalía el nombre de su hija Salomé—, que se asomaban con timidez por las mangas de la camiseta. Dos años después los dibujos han colonizado sus extremidades superiores y se han extendido a lo largo del tronco, llegando incluso hasta las piernas.
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