“Era un niño como los demás. No tenía el cuerpo de ahora, nosotras no sabíamos que iba a convertirse en una estrella, me enteré tiempo después viendo el Facebook… No paraba quieto, le veía siempre de prisa y corriendo para salir a entrenar. Siempre estaba brincando [jugando]”, cuenta María José Lopes que lleva puesto un delantal azul. Es una de las encargadas de la limpieza de la pensión Dom José, donde durante un año se alojó Cristiano Ronaldo junto a otros 16 niños de la cantera del Sporting. La suya fue la última generación que no disfrutó de una residencia (inaugurada en 2002). Aquel chico flaco de Madeira ocupaba la habitación 34 –los números, de hierro, están todavía puestos en las puertas- y dormía en la cama pegada a la ventana.
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