La psicología evolutiva concluye que el ser humano es profundamente contradictorio. Si durante un periodo prolongado de tiempo no experimenta cambios, los reclama; y de modo contrario, si percibe una realidad demasiado sinuosa, anhela un escenario estable. Hoy día, el aficionado al tenis está a medio camino entre lo uno y lo otro. Meses atrás, no hace mucho, se preguntaba cuándo llegaría el cambio de cromos, el paso a un lado de las viejas figuras y la llegada definitiva de los mejores jóvenes. Y ahora, sin embargo, siente angustia cuando no ve sobre la pista a Roger Federer o Rafael Nadal, los dos símbolos dorados de la última década, o frunce el ceño porque un jugador como el escocés Andy Murray, con solo tres Grand Slams en su expediente a sus casi 30 años, tenga las riendas del circuito masculino.
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