Hace dos semanas ocurrió un hecho del que apenas se hicieron eco los medios de comunicación. Murió Pepe, el macho que desde 2005 venía ejerciendo de cabra de la Legión. Por aquellos días, la selección española disputaba un partido vital ante la peligrosísima Albania. Sorprendentemente, ninguno de nuestros jugadores mostró signo alguno de pesar ante tan luctuoso episodio. El de Pepe, entiéndase. Ni siquiera Sergio Ramos, hombre devoto de los emblemas patrios, al que nada le gustaría más que saltar al césped vestido de purísima y oro. No hubo brazaletes negros, ni minuto de silencio, ni gesto alguno de condolencia, lo que no hace sino certificar que esta selección anda escasa de patriotismo. Por eso quizá la llaman La Roja. Pero sucedió que a uno de sus miembros, Piqué, no se le ocurrió otra cosa que recortar las mangas de su camiseta, porque le apretaba, aseguró después, vana excusa cuando sus verdaderas intenciones eran otras, aviesas sin duda. Ajeno a lo acaecido con el cornúpeta animal, decidió el defensa hurgar en la herida y levantar en armas a los más acérrimos defensores de las esencias del imperio. Así que, en pleno delirio, imaginó que en su indumentaria había un ribete con los colores de la bandera nacional y, tijera en mano, a por él se fue. Nadie se lo afeó en el vestuario. Ni siquiera Ramos, que utilizó la misma camiseta que su colega, una prenda en la que no había ribete ni rojo ni amarillo.
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