Regularidad. Paciencia. Y el orgullo bien entendido. Esos son los conceptos que definen la temporada de Marc Márquez, la de su tercer título en cuatro años en MotoGP. Veía su futuro muy negro en pretemporada, allá por el mes de febrero, el piloto de Honda. Tanto que nunca hubiera imaginado una capitulación como la que firmaron las Yamaha en Motegi, el circuito en el que se convirtió en campeón de MotoGP. Fue con una victoria, la primera con una 1.000cc en este trazado, que al parecer nunca se le había dado especialmente bien. Cosas de Márquez. Y después de que tanto Rossi como Lorenzo acabaran por los suelos persiguiéndole como iban, tratando de forzar un error que no se ha producido en todo el año y tampoco se produjo este domingo en el gran premio de Japón.
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