Jugar de portero, aunque sea una sola vez en la vida, es una de esas experiencias que todo ser humano debería afrontar antes de que la muerte señale el final del tiempo reglamentario con sus formas autoritarias y su negro riguroso, como los árbitros de antaño. Uno puede haber escalado el Everest, buceado en la Gran Barrera de Coral, arreglado un motor de cuatro tiempos o planchado sus propias camisas. Puede practicar yoga y capoeira, bailar tango, comer con palillos y conocer varios idiomas, incluso haber experimentado la emoción infinita de acariciar a un hijo recién nacido o besar apasionadamente a una prima lejana pero, hasta que no se enfunda los guantes por primera vez y siente sobre su espalda el peso del larguero, la soledad inmensa de la portería y la responsabilidad absoluta del último hombre en pie, uno no sabe de qué pasta está realmente hecho.
source Portada de Deportes | EL PAÍS http://ift.tt/2dGX9uZ
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire