Muy pocas decisiones han provocado una explosión de entusiasmo popular tan rotundo como la concesión el 17 de octubre de 1986 de los Juegos Olímpicos de 1992 a Barcelona. A la euforia ciudadana contribuyó el suspense creado por Samaranch cuando anunció en el Palais de Beaulieu de Lausana: “À la ville de...”. Y, después del silencio, añadió de forma enigmática: “Un de moment” (sic)… À la ville de…”, para rematar con un inconfundible acento catalán: “Barcelona”. Y Barcelona se puso a saltar de alegría con su alcalde Pasqual Maragall.
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