La magia es el momento fugaz que precede al éxito. Lo repiten los jugadores que participaron de la experiencia fundacional de la epopeya de La Roja, en la Eurocopa de 2008. Coinciden en decir que España nunca volvió a jugar tan bien como en aquél torneo, cuando todavía no habían ganado ninguno de los trofeos que convalidarían la leyenda y abrirían una nueva época en el fútbol mundial. Resulta significativo que David Silva, pieza fundamental de aquella gesta, perdiera peso paulatinamente hasta ahora. Porque Silva, entonces con 22 años, hizo un despliegue de clase, resistencia y coraje que dejó perplejo al maestro. Luis Aragonés, el seleccionador que fraguó la idea y la contagió al equipo, no dejó de repetirlo durante aquellos días calientes del Tirol: “¡Qué cojones tiene el Chino!”.
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