En un día playero en Chamartín, el Madrid ganó un partido cualquiera, uno de tantos de los que calca a lo largo del curso. Son numerosos los adversarios que pasan por La Castellana con mucho más ánimo que potencial, con más fogueo que colmillo, pero que guantazo a guantazo acaban en la lona cuando se creen ver con un do de pecho en un imponente escenario. El último pagano fue Osasuna, de vuelta a la gran galería, que se sintió airoso en el juego mientras se preguntaba cómo era posible que le cayera semejante tunda. Enfrente, se desplegó el clásico Madrid en un día rutinario en la oficina. No tuvo el gobierno que se esperaba ante la escasa graduación de su rival, no se apuró por no enganchar demasiado la pelota en el periodo crucial del choque y tampoco le puso mucho ritmo al trámite. Lo mismo dio, tiene puños de acero, y un oportunismo que ya parece de materia científica. Es capaz de marcar en el primer remate, caso del gol de Cristiano, a los pocos segundos de cabecear al larguero un contrario, caso del tanto de Danilo, y de repetir en el último segundo del primer acto, caso de la diana de Sergio Ramos. Tres goles como aliño y faena resuelta al descanso.
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