En un ambiente de asesinatos, robos y prostitución, Phiona perdió a su padre por sida a los tres años, y se quedó sin techo porque su madre no podía pagarlo. “Tenía unos diez años cuando un día seguí a mi hermano en busca de comida, y así conocí a Robert Katende, un misionero que alimentaba a los niños a cambio de que aprendieran a jugar al ajedrez”, recuerda por enésima vez, acostumbrada ya a los micrófonos y cámaras. A los hombres del suburbio no les gustaba la nueva afición de Phiona, porque el ajedrez era un juego de blancos, pero ella porfió en visitar a Katende, quien descubrió que tenía un talento extraordinario. Y pronto empezó a competir, con éxito.
source Portada de Deportes | EL PAÍS http://ift.tt/2bXmG2J
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire