No hay Juegos sin días como el de ayer, ya bautizado superjueves,para el deporte español. Días en los que desde casi el amanecer y hasta la medianoche, desde todas las esquinas lejanas de la ciudad olímpica, resuenan trompetas victoriosas y se oyen los vítores dedicados a sus deportistas. El país que languidece en el medallero de repente recobra los colores, recompone su espíritu y, arrastrado por la marea del éxito, se proclama feliz. Los análisis, las reflexiones, las investigaciones sobre las causas de los problemas detectados en días anteriores, se olvidan.
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