El día que Michael Phelps dijo adiós a los Juegos que tanto le han dado, a su amigo Ryan Lochte un falso policía le puso un revólver en la cabeza para atracarlo. No ha habido nunca, quizás, una despedida más llamativa de la natación de unos Juegos, ni quizás una entrada en acción más espectacular del deporte que toma su relevo para superar su atractivo, el atletismo. En la noche más calurosa de agosto en Río, ni una brizna de brisa para calmar el ambiente, el campo de fútbol del barrio de Engenhao en el que se celebra el atletismo sin una mala llama que lo ilumine alcanzó por fin la dignidad que permitirá en el futuro denominarlo Estadio Olímpico. En media hora apenas, en su pista azul se sucedieron un récord del mundo inesperado que borra una marca que se creía eterna y la tercera victoria consecutiva de Usain Bolt. Con Wayde van Niekerk y el jamaicano, Río entra en una nueva dimensión, en otra grandeza que aplaudieron 60.000 espectadores en directo.
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