Mario Mola nadó casi como nunca en su vida. Salió delante. A unos segundos de los hermanos Brownlee, Alistair y Jonathan, que, desencadenados, corrían por la arena ardiente de la playa de Copacabana. Cuando montó en la bici, los tenía allá a la vista, a tiro de dos pedaladas fuertes; cuando, después del repecho que desde la playa llevaba a los triatletas hasta una magnífica vista de los patios traseros de las casas que se alinean ante la playa famosa, les buscó con la mirada, los vio lejísimos. Ite, missa est, proclamó un cura que andaba por allí, con una cerveza en la mano y una calva colorada al sol, podéis ir en paz; la misa ha terminado, podría haber dicho también el mallorquín, uno de los mejores del mundo, envuelto y desarbolado por la tormenta perfecta desencadenada por los hermanos, que no cesarían hasta el final.
source Portada de Deportes | EL PAÍS http://ift.tt/2blEGQ2
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire