Los valores olímpicos no son como el desprecio, absolutos, sino tirando a relativos y muy subjetivos y hasta negativos, como demuestra la historia del portador de la llama Vanderlei de Lima, quien, a los ojos de Stefano Baldini, el atleta que le derrotó en el maratón de Atenas 2004, y de Neil Horan, el excura irlandés lunático que lo derribó en carrera con un placaje de rugby, no es más que un aprovechado de una fama que ambos le regalaron. La historia podría contarse no como una parábola del olimpismo, la razón que decidió a Río a elegirlo como último antorchado, sino como una alegoría de la envidia.
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