Cuando se fueron acercando los Juegos Olímpicos y el Ejército brasileño empezó a ensayar cómo controlaría la seguridad de Río de Janeiro, muchos cariocas asumieron que, al menos durante el evento, y al menos para que la ciudad pudiese acoger a delegaciones y autoridades extranjeras, la violencia urbana a la que están acostumbrados cesaría. No ha sido del todo así. Si bien la presencia del ejército es constante allí donde se celebran competiciones y eventos olímpicos, en los demás barrios apenas ha cambiado la sensación de inseguridad a la que los ciudadanos están acostumbrados. Siguen dándose episodios de tiroteos y atracos, aunque de forma discreta, en las páginas de sucesos. Y algunos de ellos llegan a afectar no solo la vida de los ciudadanos de Río, sino también el día a día de deportistas, periodistas y turistas que aterrizaron en la ciudad. La realidad de Río ha invadido en varias ocasiones la burbuja olímpica.
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