Es la una y media de la tarde del viernes en la Villa Olímpica. Hace calor y sigue habiendo colas para el McDonald's. El campo de beach volley, bajo la solana, está desierto. Las tumbonas a la sombra, casi todas ocupadas. Joel González se sienta en una de las pocas que quedan libres. Respira feliz. Lleva su medalla de bronce, vaquero y cara de sueño. “He dormido una hora. Íbamos a tomar una cerveza y al final fueron dos, tres y más…Y eso que salí con el chándal de la ceremonia puesto y sin ducharme”, cuenta. Su cena, dos cachos de pizza. “A la una y media de la noche ya no quedaba nada abierto”. Dice, a sus 26 años, que sintió mucho la presión por haber ganado el oro en Londres y tener que conseguir otra medalla. Joel, que viene de un compromiso en Copacabana duda si, después de la entrevista, irse directo a dormir o pasarse a ver la marcha.
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