Rozani no es el único que está triste en este lugar, un sábado de sol, lleno de gente guapa, césped artificial y periodistas exhaustos a la caza de los deportistas. Tras una semana de competiciones, la Villa, donde viven casi 12.000 personas, entre deportistas, familiares y técnicos, ya no es tan colorida para quienes tienen que despedirse ya del desafío olímpico.
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