Ocurrió en la temporada 1931-32, tres años después de que se creara la Liga española de fútbol. De los diez equipos que competían, cinco eran vascos: Athletic, Real Sociedad, Alavés, Real Unión de Irún y Arenas de Getxo. El Athletic fue el campeón, seguido por el Racing, con la Real en tercer lugar, el Arenas quinto, el Real Unión séptimo y el Alavés octavo. Estaba claro que el centro de producción futbolística estaba en el norte. Ochenta y ocho años después, cuatro equipos vascos y uno navarro vuelven a encontrarse en la máxima división. “Ya somos tres, solo falta el Alavés”, se cantaba hace unas décadas en Euskadi, cuando Athletic, Real y Osasuna militaban juntos en Primera. Cultural y futbolísticamente, en el País Vasco se ha considerado al equipo navarro como “uno de los suyos”, aunque ni política ni adminstrativamente la comunidad foral lo sea. Osasuna ha sido el último en regresar tras unos años de turbulencias máximas que lo dejaron al borde de la desaparición: estuvo a punto de descender a Segunda B (lo que hubiera certificado su defunción) y después ha vivido toda la pasada campaña más tiempo en los juzgados que en los terrenos de juego. Osasuna se tapó los oídos ante los ecos que llegaban de los juzgados (y siguen llegando) para alcanzar con una carambola un lugar en las eliminatorias de ascenso. El fútbol es más casual de lo que parece y los futbolistas más humanos que los dioses de los altares.
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