La primera cita es siempre nerviosa, insegura, pesimista. Un manojo de nervios que siempre deja un regusto amargo en las perspectivas de futuro. La primera cita de la Vuelta, con más sudor que amor, era una montaña, la de Ézaro, con extraña mezcla entre la emoción y el miedo. Los favoritos decían no controlar sus palpitaciones. Su corazón estaba en stand by en espera de medir músculos. Nadie sabía nada, o decía no saber nada. Ézaro dictaminaba el primer diagnóstico de urgencia y hubo daños nada colaterales. En dos kilómetros de fuerte ascensión (con porcentajes que a veces alcanzan el 30%), Alberto Contador, por ejemplo, miró desde lo alto a la Costa da Morte, desvanecido el mar bajo un cielo azul eléctrico, y seguramente se deprimió: se había dejado casi medio minuto y había visto pasar, como pasa el viento, a Nairo, a Valverde, a Froome, y a muchos más mientras él sufría, renqueante, sabiendo que dejaba un asunto pendiente para septiembre mientras sus rivales aprobaban su primera evaluación con solvencia, sin aspavientos.
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