Si se llevara al extremo la imagen, y, en efecto, se creyera que de verdad la Villa Olímpica es el alma de los Juegos, no habría más remedio que afirmar que tanto Ion Izagirre como Jonathan Castroviejo son olímpicos sin alma. O con la misma alma olímpica, escasa, que proclama su deporte, el ciclismo en carretera, el deporte del Tour, del Giro o de la París-Roubaix. Los dos españoles que disputarán el miércoles la contrarreloj olímpica llevan días aburridos, monacales, en un hotel con olor a antiguo, y luz oscura y algunos dicen que hormigas y cucarachas, a cuatro cuadras de la playa de Copacabana, cuyo solo nombre evoca vida alegre. Compartiendo melancolía con ellos, ma non troppo, los deportistas españoles de vóley playa, cuya arena, la de la playa que fue su cuna, está a dos pasos. “Nos sentimos olímpicos porque nos lo dicen, no porque sintamos que estemos en mitad de los Juegos”, coinciden ambos. “Para nosotros la rutina es como la de cualquier otra carrera, hotel, masaje, entrenamiento… Esa efervescencia que dicen que se vive en la Villa, donde los compañeros se cruzan con los mejores del mundo de cualquier deporte y se sienten parte de algo especial, no la vivimos”.
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