Cualquier equipo que alcanza la final de una Eurocopa tiende a preguntarse cómo diablos pudo llegar hasta ahí. Le cuesta creerlo. Era casi imposible. El trayecto le dejó heridas, algunas de ellas mortales, aunque no graves, al parecer. Después de sacarse el polvo de encima, y sacudirse las manos, se siente inexplicablemente bien. Ni los más favoritos, acostumbrados a abordar esas finales, son inmunes a esta incredulidad. El asombro es un estado casi natural. El 24 de junio mi vecino del segundo, Ramón, el que arrastra las sillas, salió a cenar. Pongamos que se lo pasó bien, aunque lo desconozco. Sé, en cambio, que por la mañana bajé al garaje, y su coche estaba perfectamente aparcado, junto al mío. Ambos estaban llenos de golpes. Otros seis vehículos tenían abolladuras, rayones o pilotos rotos. “¿Todo esto lo he hecho yo?”, preguntó mi vecino incrédulo, entre la admiración y el horror, antes de admitir que no había aparcado necesariamente bien.
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