“Me vas a reconocer por feo, fuerte y formal. Y con bigote”, es el mensaje que José María Esteban Celorrio envía a esta periodista. Es domingo 22 de mayo y el AVE que cogió en Zaragoza llega a Madrid lleno de culés que van a la final de Copa. A Celorrio, el primero en llegar, con el Heraldo de Aragón bajo el brazo, le esperan en la residencia Blume José Ramón Díaz Flor, Herminio Menéndez y Luis Gregorio Ramos Misioné, los tres compañeros del K4-1000 con los que consiguió la plata en los Juegos Olímpicos de Montreal 1976. Antes de llegar al CAR, sin embargo, hay que hacer otra parada para recoger el artífice de aquel y más triunfos: Eduardo Herrero, el entrenador. Aparece con una bolsa llena de fotos y recuerdos y tiene una enciclopedia de anécdotas en la cabeza.
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