Arturo Vidal lleva una cruz tatuada en el cuello y la cabeza rapada como un mohicano. Su hijo, de ocho años, juega por la sala VIP Allianz Arena con idéntico peinado, y el número 23 esculpido a golpe de navaja de barbero sobre el parietal. Travieso, de la mano de papá, parece orgulloso. Sufre una prematura diabetes desde bebé y su padre pelea por darle un futuro sano. Hace años que buscó un proyecto pediátrico de páncreas artificiales en niños, del que participa. Hay quien nace para luchar. Como su papá, como la abuela, Jaqueline Pardo, la madre que parió a Arturo.
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