Supongo que nadie se atrevió en vida a criticar a Muhammad Ali como poeta o cuestionar su inmenso papel en no pocas transformaciones ideológicas y sociales del siglo XX. Lo obvio sería esperar que respondería con un gancho a la mandíbula, cuando en realidad el armamento más contundente que ostentaba el gigante campeón de los pesos pesados fueron las palabras. Los puristas de la métrica y engolados de academia dirán ahora que se trata no más que de un raro descendiente de esclavos negros que —como muchos otros bardos del Sur de los Estados Unidos— transpiraba una propensión natural para la rima; derivados intuitivos de eso que llaman limmericks, Ali desde que se llamaba Cassius Clay era capaz de rimar vocablos y armar retruécanos con la misma agilidad con la que combinó en los cuadriláteros su mote: era una mariposa que flotaba, al tiempo que picaba como abeja. Lamentablemente intraducible en toda su sonoridad, eso de Floats like a Butterfly and Stings like a Bee se volvió una suerte de credo recrecido que alteraba incluso la etimología formal de la No-violencia. Ha fallecido apenas hace unas horas y el mundo entero aún no sabe bien cómo deletrear su nombre, pero el respetuoso silencio que merece su leyenda merece al menos que intentemos entender su grandeza.
source Portada de Deportes | EL PAÍS http://ift.tt/1PtNrKf
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire