Cada vez que pisa Barcelona, Pablo Zabaleta (Buenos Aires, 1985) se siente como en casa. Su mujer es catalana; su hijo, inglés. Él se siente argentino. No se olvida de su pueblo Arrecifes y sufre por el caos en la AFA, mientras anhela que Messi y compañía conquisten la Copa América. El jugador del Manchester City está recuperando de una lesión en el tobillo derecho en la capital catalana y recibe a EL PAÍS en la cafetería Kibo, frente a su apartamento. “Después de pasar tanto tiempo en Manchester, llego a Barcelona y me siento un giri”, dice.
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