Los remolinos de viento y el frío se filtraban en la pista 27 del Club Jean Bouin, a unos 200 metros de los terrenos de Roland Garros. Allí, desde lo alto de una grada y en primera línea, José Antonio no perdía detalle de lo que hacía su hija, a raquetazo limpio en unas fases y ensimismada en otras, cuando se sentaba para tomar aliento y concentraba la mirada en una botella. Unos metros por detrás, Igor, el hermano, un hombretón con porte de remero y un arete discreto en el lóbulo izquierdo; y en un tercer plano, más pendiente de evitar las ráfagas de viento que de otra cosa, Scarlet, la madre, de tez muy tostada y rasgos marcadamente latinos.
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