A Dustin Johnson le esperaba en el green del 18, que alcanzó magnífico con su mejor hierro del domingo, su chica, Paulina Gretzky, y su niño rubio Tatum en brazos, el clamor de la afición que festejaba su victoria y también estaba Jack Nicklaus, el oso dorado que empezó a escribir su leyenda en el mismo campo terrible de Oakmont en 1962, para certificar renuente, casi a disgusto, su espléndida victoria en el Open de Estados Unidos, el primer grande de un gran talento tratado como un paria por el estirado establishment del golf. Hace justo un año, Johnson, de 31 años, llegó también líder al green del 18 el domingo del Open estadounidense, pero entonces tres putts y un bogey le privaron de la victoria, que se llevó el pulcro Jordan Spieth, tan querido.
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