Cuando era pequeño me confesaba habitualmente. Digo con un cura. Mi abuelo me llevaba a misa y Don Ramón, el sacerdote, hablaba de paz y de reconciliación, de amor por el prójimo, de la necesidad de tender puentes entre los vecinos (estábamos enfrentados por el alcantarillado), y de un mundo entregado a la fe en el que no tuviese sitio la violencia. Yo escuchaba atento en el primer banco de la iglesia mirando la estatua de San Ginés, el patrón de mi pueblo; un hombre representado en el templo con un cuchillo atravesándole el cuello. Mirándolo, era imposible no imaginar al cura diciendo: “Y ahora, daos fraternalmente la maldita paz”.
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