Panamá marcó y se asustó, cuando se suponía que debía ser Chile quien sintiera el miedo en el cuerpo al perder la doble ventaja que poseía, el empate y la victoria, para alcanzar los cuartos de final donde le esperaba México. Más aún, cuando el gol de Camargo llegó precedido de dos fallos increíbles, primero de Jara en la salida del balón, y después de Bravo que se tragó el disparo potente pero previsible y centrado del extremo panameño. Vistos los grandiosos desastres de Brasil o Uruguay, lo normal es que la selección chilena -muy cuestionada por su afición- sintiera un escalofrío. Pero el gol, a los cinco minutos, fue una leve brisa, una gota de agua en el océano rojo de Chile que sólo sufrió en sus propias pérdidas el balón y en el juego aéreo, por la descomunal diferencia de centímetros de sus centrales (Medel y Jara) frente a los delanteros panameños (Nurse y Tejada).
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