Debido a una serie de conjunciones que han hecho del Mar del Norte una balsa apacible, la zona más cálida de Europa es el sábado Holanda nada menos, y lo han agradecido los ciclistas del Giro, que cuando les dijeron que la carrera italiana partiría de allí temblaron, temiendo encontrarse como en el Tour en julio pasado, o en el mismo Giro hace cinco años, unas jornadas de pavor en las carreteras y diques, decorados con altos molinos de viento y azotados por vendavales inclementes generadores de abanicos, brumas, borrascas y lluvias que azotan de frente y nublan la mirada turbándola antes de las dolorosas caídas inevitables en decenas de rotondas empapadas. Se han encontrado, sin embargo, y han aplaudido, con tulipanes casi mustios por el calor y la atmósfera pesada, quieta, carreteras atestadas de aficionados locos por la bici y una etapa sencilla, de catálogo: fuga, caza, sprint, Kittel.
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