A Starke se le escurrió un balón de las manos que acabó en gol, Van Buyten se hizo otro en propia puerta y el Dortmund conquistó la Supercopa alemana frente a un Bayern que de repente presumía del control del juego, de la retórica efectiva del pase y de la presión avanzada. Eso ocurrió hace tres años y fue el estreno oficial de Pep Guardiola en el banquillo bávaro. Y anoche, en el Olímpico de Berlín, cerró el círculo. De nuevo en una final, de nuevo ante el Dortmund y, en esta ocasión, ganador de la Copa en la tanda de penaltis (0-0 tras los 120 minutos) con ese juego característico que le ha llevado a gobernar Alemania pero no Europa, también al banquillo del Manchester City. Un laurel más, en cualquier caso, que se añade a los seis conseguidos: tres Bundesligas, una Supercopa, un Mundial de Clubes y otra Copa.
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