El 6 de mayo de 2012, ante el Murcia, el Estudiantes selló su primer descenso en 64 años de historia. Entonces, las renuncias a su plaza en la Liga Endesa de Menorca y CB Canarias –que luego la logró comprando la licencia del Alicante- propiciaron el rescate de Estudiantes en la repesca administrativa de septiembre. En esta ocasión, podría repetirse la historia. Tras la reciente decisión de la ACB de mantener el canon de acceso a la máxima competición -en contra del dictamen de la Comisión Nacional de Mercados y Competencia sobre su ilegalidad-, solo hay un ascenso asegurado: el del Ourense, que el verano pasado, tras una procelosa negociación, pactó una incorporación en diferido a la Liga Endesa. El conjunto gallego ocupará, en principio, la plaza del último clasificado de la ACB, el Gipuzkoa. Pero la opción de algún otro ascenso está tan difícil como en años precedentes. Tanto Palencia, campeón de la LEB Oro; como Melilla y Huesca, que disputan la final del playoff; ya han declarado su “imposibilidad” de afrontar el pago de los 3,8 millones más IVA para lograr la plaza en la élite y sus problemas para cumplir el resto de requisitos: un presupuesto económico mínimo de 2,5 millones, la inexistencia de déficits sin justificación, la necesidad de estar al día en los pagos a los jugadores, y la obligación de presentar un certificado de estarlo también con la Agencia Tributaria. A expensas de lo que ocurra en los despachos, Estudiantes, con un patrocinador sólido como Movistar pero unas arcas tan endebles como las de sus competidores, ha vuelto a caer en la espiral que le mantiene a la deriva en los últimos años.
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