Cuidado con el día de descanso, que es muy traicionero, les dicen a los ciclistas jóvenes los veteranos que han sufrido pájaras, súbita pérdida de fuerzas, abandonos, el día siguiente al de uno de descanso, como si el cuerpo, acostumbrado a seis horas de faena y sudor cotidianos quisiera castigarse a sí mismo por haber dejado de hacer el burro con sus límites por un día. Mikel Landa podía presumir de inmunidad a la enfermedad del día de descanso, y hasta podía reírse de las manías de los veteranos que, también en un equipo tan científico como su Sky, se fían más de lo que saben por viejos que por lo que les quieren enseñar. El día de descanso, su aprovechaba las horas tumbado en la cama para recuperar energías dispendiadas, para volver a ser fuerte. El año pasado, su mejor día en el Giro, el del Mortirolo terrible, fue un martes consecutivo a un lunes de descanso y a un domingo en el que había triunfado en Madonna di Campiglio. Este martes, le esperaba a Landa el Pian di Falco, el primer puerto de primera del Giro del que se sentía máximo favorito. Llegaba, por fin, su terreno. Llegó su terreno. Llegó el Pian di Falco, el puerto al pie de Módena y del monte Cimone que en su primera aparición en la carrera italiana, en 1971, dio al mejor escalador español de nunca, José Manuel Fuente, su primera victoria italiana, pero Landa no llegó para demostrar que como él no sube nadie. El alavés, octavo en la general, se había bajado de la bicicleta más de 100 kilómetros antes abandonando a mitad de camino, en la décima de las 21 etapas, el Giro prometido.
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