Un día de 2001, en una de esas mañanas templadas de Vigo, me crucé con Zvonimir Boban. Caminaba desgarbado y magnífico como un modelo callejero; en Nueva York ya le habrían echado el lazo para una campaña de jerseys de lana. En Vigo, sin embargo, pasaba inadvertido entre la raza superior de las Islas del Hierro, todos de ojos marinos y llenos de sal. Se habían cumplido ya dos décadas de un gesto político impactante, la patada voladora de Boban a un policía yugoslavo en los disturbios de un Dinamo de Zagreb-Estrella Roja.
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