Volvió Jürgen Klopp a su casa y se llevó el aplauso prolongado de una afición que le veneró hasta el final sin condiciones. Era un duelo de lo más emotivo para el técnico porque no hacía ni 10 meses que dirigió a los borussers en la final de la Copa de Alemania, a un equipo que le devolvió la grandeza con laureles y un juego atractivo basado en la presión y el ataque directo. Pero ya está en el Liverpool y cuando rodó el balón no había lazos que valieran sino un duelo eléctrico y magnético, un espectáculo -aderezado por la fabulosa hinchada amarilla- maravilloso alrededor del balón que acabó por llevarse…
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