Al Barça le sentó como un tiro jugar después del Madrid y del Atlético. Actuó de manera apesadumbrada, afectado por las esforzadas victorias de sus perseguidores, como si hubiera confiado en un gol a última hora del Rayo y del Málaga, convencido de que había perdido el liderato y era el tercero de la Liga de forma irremediable, con independencia del partido contra el Sporting. No tuvo autoridad ni personalidad, entregado a Messi, el único futbolista al que no le temblaron las piernas en una jornada de alta carga emocional por el homenaje a Quini, por la festividad de Sant Jordi y por la ausencia de Manel Vic, la voz del Camp Nou. El estadio fue presa de una sorprendente tristeza hasta que compareció Luis Suárez para rematar el partido con el mismo martillo que exhibió en A Coruña. El charrúa suma ocho goles en dos partidos y quiere disputar el Pichichi (34) y la Bota de Oro a Cristiano. A falta de juego, goles son amores en el Barça, también en el Camp Nou, un estadio del que han salido ganadores el Real Madrid y el Valencia
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