Un Madrid mosquetero como casi nunca se mantiene al acecho en una Liga con la que ni soñaba. La jornada le programó tras las victorias de Barça y Atlético y al Bernabéu llegaba un rival tan solvente como el Villarreal, cuarto en el campeonato y semifinalista en Europa. No hubo debate, el Madrid, muy solvente de principio a fin, selló el partido con un timbre de autoridad incuestionable. Desnaturalizó por completo a su adversario con un ejercicio colectivo, muy gremial, sin renglones torcidos. El grupo se impuso a los solistas y los blancos fueron todos a una. Ni siquiera precisaron acabar con once. Cuando faltaban unos minutos y Zidane ya había hecho los tres cambios, Cristiano, el único que había jugado todos los partidos completos del torneo, se fue al vestuario sin mediar palabra con los suyos o con el árbitro, como es preciso. Su gesto delataba molestias. Inquietante para los suyos, por más que para entonces el Madrid ya hubiera sido bastante Madrid y alcanzado un curso más los 100 goles en el campeonato. Enfrente no hubo Villarreal conocido.
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