El único fútbol que se vio en San Mamés fue el del marcador exterior del estadio donde se repiten uno tras otro los goles del Athletic mientras los seguidores se sacan fotos, selfies, vídeos, ríen, sonríen, hacen gestos con los dedos, con la lengua, exhiben bufandas y los niños gritan cánticos y proclamas que, sin saber muy bien que son, empiezan a adivinarlos. Por allí corre la alegría, animada también por los bucaneros y compañía del Rayo Vallecano que ayudaban lo suyo para que la tarde no tuviera la tristeza de las primaveras aburridas. El único fútbol era ese. Cuando Gil Manzano ordenó que comenzara el partido, la magia, la alegría y la pasión desaparecieron del escenario como si afuera se viviese mejor que dentro. Allí, entre los bares donde irónicamente sonaba Joe Cocker y su famoso Unchaid my heart. Allí sí palpitaba el corazón, dentro se escuchaba el sonido monótono del tedio.
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