Semanas atrás, digamos que unas cuantas por aquello de no caer en imprecisiones desde el comienzo, se acercó Gary Neville a sus ayudantes con rostro de máxima concentración y acariciándose el mentón, en un gesto típico de pistolero con ideas; sin duda, la peor de las combinaciones. En su cabeza bullía la revolución y en su mirada brillaba la determinación de un soldado del Imperio cuando declaró, en excelente inglés, todo hay que decirlo, su firme intención de realizar cambios en la portería como santo remedio a las carencias demostradas por el equipo. De nada sirvieron las objeciones de sus agregados tácticos, comenzando por el recordatorio del buen papel desempeñado por Jaume Domènech hasta la fecha, y las dudas quedaron sepultadas bajo un razonamiento digno de cualquier representante de la nueva política, hoy tan en boga: “Hay que cambiar cosas”, dijo sin apartar sus ojos pequeños y vidriosos del infinito.
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