La relación futbolística entre las características técnicas de Óliver Torres y el ideario base de Diego Pablo Simeone es antagónica. Esa diferencia al técnico le genera uno de los debates internos más clásicos en el oficio de entrenador: el jugador distinto o el estilo innegociable e incuestionable desde los resultados; la asignación de una demarcación en beneficio del colectivo para evitar riesgos defensivos o el vértigo de perder solidez para ganar en soluciones ofensivas con un mayor manejo del balón. Dando por hecho tanto el entrenador como el jugador que el esfuerzo no se negocia, la ligazón es tan complicada que pudo derivar en la marcha de Óliver en el reciente mercado invernal si el club no lo hubiera frenado. En el fondo subyace que tanto la dirigencia como el entrenador saben que tienen entre manos la responsabilidad de hacer explotar un gran talento que no está dispuesto a echarse a perder por falta de minutos. Si su explosión en otro club es acorde a su calidad iría en el debe del Atlético y de Simeone.
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