Estaba el partido plomizo como el mediodía, escondido entra la cortina de agua tras la que pasar, lo que se dice pasar, no pasaba nada. El Granada tocaba y perdía el balón mientras la Real perdía el balón casi sin tocarlo. Había un jugueteo en el centro del campo al que eran ajenos los delanteros centro. Jonathas y El Arabi iban de un lado a otro como náufragos del desierto sin que nadie les mirase ni el número ni a los ojos. Así pasaron 20 minutos, con la monotonía de la lluvia y con el Granada buscando una y otra y otra vez, casi siempre mal, los balones cruzados a Success y Peñaranda. Su fe en ese juego era igual de grande que la de esos jugadores que apuestan todos los años al mismo número de lotería. La Real era más difusa: Vela estaba pero no aparecía y el resto aparecía con u aire desordenado.
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