Septiembre de 2002. Un joven de Liverpool juega de azul. A muchos le resulta extraño verlo ahora con la indumentaria del Everton, su club de siempre. El entonces equipo entrenado por David Moyes empata contra el todopoderoso Arsenal en Goodison Park a falta del tiempo por añadir. Gravesen se quita el balón del medio con un pelotazo. El chaval de 16 años de la cantera, que acaba de entrar al terreno de juego, baja la pelota con un control preciso, gira sobre sí mismo y antes de encarar al defensa gunner Campbell dispara desde fuera de la frontal del área. Seaman es batido a pesar de la estirada y el cuero entra en la portería tras tocar el larguero. Golazo. “¡Acuérdense del nombre, Wayne Rooney!”, exclamaba el comentarista televisivo.
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