Era un jugador que enganchaba, tanto por su estética, un tanto transgresora, como por su despliegue eléctrico sobre la pista. Ahora, camino de los 35 años, ya no luce esa melena surfera que le distinguía y hacía las delicias de las jovencitas, pero mantiene su sello propio, esa visera invertida que le confiere un aire de eterno adolescente rebelde.
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