Cayó una lluvia fina y penetrante arrastrada por ráfagas de un viento frío sobre el Bernabéu pero Zinedine Zidane permaneció impasible en la banda, discretamente protegido por un traje oscuro de lana fría y una camisa blanca sin más abrigo en el cuello que el nudo de la corbata. Se presentó en la sala de conferencias con aire grave y solo de vez en cuando endulzó su pose moderada con una sonrisa conciliadora. De su boca salieron pocas palabras, pero fueron las justas, y casi nunca empleó evasivas.
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