A Luis Enrique se le elogia por convertir al Barça en un equipo directo y camaleónico sin perder el estilo después de una etapa de excesiva retórica y juego monotemático, evolución que la temporada pasada le llevó a conquistar el triplete con el tridente. Ha ganado vértigo, pero a cambio perdió paciencia, como se constató contra el Deportivo, que le empató en el minuto 85, al igual que le pasó en Valencia. Los partidos se le hacen demasiado largos porque no tiene la pausa suficiente para controlar el juego y descansar con el balón (virtudes personificadas en Xavi), y los rivales han aprendido a visualizar mejor la manera de desvirtuarle, hasta ser más mutantes que el propio Barcelona.
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